Hace algunos días, ubicado en una de las butacas de nuestro bello Teatro Vera, asistí a una “fiesta” en la que se conjugaron sueños, expectativas y “vibraciones”. Y no es común que ello suceda en nuestro “petit Colón”, cuando se trataba de anticipar parte de lo que será oportunamente el estreno nacional de la serie de ficción “Payé” y de las historias que integran el documental : “Paraná, historias de un rio”, todas obras de contenido local.
Camilo José Gómez Montero y Lisandro Moriones ofrecían, en “Payé”, al público correntino, el adelanto de dos historias que, enraizadas en el tratamiento de leyendas y mitos regionales, se adentran en el terreno de nuestras creencias populares, inspirados en la proyección que de ellas puede aquilatar el cine y en el respeto formal por no descuidar los orígenes y la significación que esos personajes “cuasi religiosos” revisten para nuestra población y sus alrededores. Y salen airosos en el difícil emprendimiento.
La “factura” de la obra compila un libro que sabe interpretar el estigma de los “embrujos” y su concatenación con un posible desenlace (real u onírico). Los actores cumplen aceptablemente, en mayor o en menor medida, las exigencias que hacen a la composición de sus personajes, destacándose el experimentado Dante Cena en su rol de presidiario, en uno de los episodios. Los elementos que hacen a la faz técnica aportan nitidez, luz y creatividad a la hora de producir efectos que coadyuvan con el desenvolvimiento de la historia y la atmósfera creada por los responsables de la trama argumental genera suspenso, pavor y curiosidad.
La fenomenología de un mito “religioso” como el de “San La Muerte”, exterioriza, en la pantalla, la conformación de situaciones que, precisamente, se ajustan al ideario guaraní y el impacto que éste produce en la gente que venera su existencia. “Yasí y el cambacito del agua” aporta, en su desarrollo, una alternativa que, no obstante obedecer a una idéntica matriz, se sumerge en los misterios inimaginables de lo desconocido y el espectador “vibra” en la búsqueda de un desenlace feliz para la heroína del relato y su “ángel” protector. En suma, la propia densidad compacta de la anécdota tiene un resultado satisfactorio.
Juan María Richieri, en una de las entregas que oportunamente será integrada por las restantes en su estreno por Televisión Digital (”El hornero”) dibuja en : “Paraná, historias de un río”, la narración, en primera persona, de todo un sistema de vida que, allende la ribera correntina, nos introduce en el febril ritmo del trabajo esforzado, no siempre bien remunerado, pero dignamente elaborado . Y la realización del documental que, por cierto, desde ya, considero de dificultosa realización, ha gozado de una confección impecable, pues ha plasmado en escena, las tribulaciones de un ladrillero y su familia, a quienes se les ha dado la oportunidad de transmitir sus vivencias de una manera genuina, como pocas veces he advertido en el género testimonial y/o documental.
Así, los “actores” de la historia real, sin las inhibiciones propias que genera la proximidad de una cámara de filmación, han podido deshilvanar, sin condicionamientos personales de ninguna naturaleza, sus propias experiencias, de lo que se colige que el director ha sabido generar un clima de confiabilidad extrema en su relación con los “factores” que “animan” el relato y, en base a ello, ha conseguido que su impulso creativo se vea exteriorizado en la obra. Ello, porque los personajes transmiten su realidad cotidiana y al hacerlo, logran conmover al espectador. Y en esto, el mérito adquiere mayor dimensión si nos percatamos de que filmar en base a una economía de medios, el resultado es virtuoso cuando el objetivo perseguido logra que el espectador se introduzca dentro de la historia y “participe” de ella.
Por lo demás, advierto rigurosidad técnica en la composición del film. Fotografía, iluminación y sonido son algunas de las variantes que hacen que la mixtura cinematográfica adquiera un nivel satisfactorio; sobre todo, en escenas como “la quema del horno” donde los destellos y el colorido de las llamas conforman una “dantesca” expresión fílmica, grata a nuestros sentidos. Si a ello acompañamos la ternura que despierta un “cumpleaños familiar”, programado y solventado con el producto del modesto emprendimiento de un grupo de personas para quienes sus sueños se relacionan con el logro de las cosas simples que hacen al cotidiano quehacer, las sensaciones se enriquecen por cuanto la sensibilidad da rienda suelta a la emoción y la gratificación espiritual adquiere contornos, hasta entonces, insospechados. En definitiva, la “química” lograda por el director llega al público. Es como si una historia planeada simplemente en el papel, es luego realizada plenamente en la pantalla.
Por último, luego de destacar el talento de aquellos jóvenes realizadores cinematográficos locales, revelado a través de los avances de sus recientes obras, quisiera poner de relevancia el maravilloso júbilo que hemos experimentado los espectadores, al comprobar que los actores de los episodios ficcionados y quienes han formado parte del documental, se encontraban presentes en la sala del teatro, acompañados de su familia y embargados por una transparente emoción, la que se agudiza, en sus efectos, si consideramos que, para algunos, de muy humilde origen, participar de tamaña “aventura” fílmica y el hecho de verse reflejados en la pantalla, ubicados en los palcos de nuestro majestuoso coliseo local, seguramente ha constituído uno de los grandes sueños de sus vidas. La realización artística ha trascendido, además, entonces- el ámbito artístico y se ha convertido en un hecho social, digno de mencionar. Enhorabuena !!.

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