“Extravaganza” es a nivel nacional, en el curso del verano, récord de recaudaciones y éxito asegurado. La fórmula utilizada, sin dudas, está dotada de un “cóctel” de propuestas inéditas en el ámbito teatral, por cuanto conjuga una faceta de la expresión coreográfica con una compleja serie de juegos acrobáticos inmersos dentro de una línea artística que introduce números de connotaciones circenses y hacen que el objetivo logrado se asemeje más a una “mega” producción pergeñada “al estilo Las Vegas” que al “music hall” convencional u ortodoxo. La producción es desopilante a la vez que costosa y cuenta integralmente con dos escenarios móviles que se complementan además, con una importante pileta, denominador común de la destreza y habilidad ejercitada por los integrantes del elenco y de su protagonista principal que es Flavio Mendoza, creador de la idea, puesta en escena y uno de los productores de la obra, quien sobresale en su desempeño.
En esa exhibición que adquiere contornos alucinantes, provista de escenografías donde desfilan corsarios, sirenas, centauros y hasta un barco “alado”, bailarines, acróbatas y contorsionistas despliegan riesgosos trabajos en las alturas, en el agua y en el escenario y realizan, provistos de arneses (utilizados incluso por el propio Mendoza para hacer rodar una moto en el espacio aéreo de un teatro de grandes proporciones), toda suerte de habilidades y “trucos” que asombran al espectador, interviniendo además “scoutings” acuáticos, cantante y banda de música.
Así, “Water in art” cumple absolutamente la meta perseguida y para mencionar al resto del elenco, cabe destacar que en las intervenciones de Cinthia Fernández y Noelia Pompa se advierte talento y esfuerzo, luciéndose muy especialmente la bailarina Gisela Bernal en escenas de alto voltaje artístico.
Finalmente, los efectos especiales (lumínicos, digitales y fílmicos) aportan, además de la gracia, un ingrediente fundamental al gran histrionismo del anfitrión Diego Reinhold. Sólo restaría acotar que el diseño de arte es impecable y que aún cuando considero que la música seleccionada no está a la altura de un espectáculo de tamaña envergadura, dicha circunstancia no empaña la optimización del resultado. Por otra parte, “Smail”, que cuenta con la idea, puesta, dirección y actuación principal de Aníbal Pachano constituye, en mi criterio, una brillante recreación del género del “music hall” internacional y cumple acabadamente con la propuesta elegida, brindando al público una muestra de diferentes fragmentos de los clásicos musicales y la mixtura de un renovado perfil coreográfico con la magia del “tap” y los recursos académicos que proveen los bailarines a los amantes del jazz, la música cinematográfica y los ritmos caribeños y argentinos, en una sincronía inteligentemente estructurada que respeta fielmente el perfil de un espectáculo realizado “al estilo Broadway”.
Desde “…la búsqueda del Arco Iris” (donde inexorablemente recordamos a la genial Judy Garland en “El mago de Oz”), algunas variaciones de “A Chorus Line”, el “Que será…” (de “Doña Flor…), el “Money, Money”, (de “Cabaret”), las alternativas con el tango, en “Nostalgias” y un mix de “Cambalache”, las secuencias de música playera y representaciones de música brasilera y habaneras conjugadas con la música ciudadana, los ritmos de “cha cha cha” adosados a nuestra música nostálgica de los años ‘50 y ‘60 con un bagaje de parodias; las expresiones coreográficas y actuadas de famosos boleros (como “Bésame mucho”), clásicos italianos (”O Capito che ti amo”), acompañados por música de cine (”El padrino”) y aires de mariachis (en: “Cielito lindo”), nos sumergen en un “universo” donde la excelencia en la coreografía, la plasticidad de los bailarines, la estética de la entrega y la calidad del vestuario, dotan al show de un toque de “glamour” sustentado en la inspiración creativa del realizador que, desde mi óptica, distingue a la obra y le confiere un lugar especial para todos los que admiran el género del “musical”.
Por si fuera poco, el tributo que se hace a María Elena Walsh, Valeria Lynch y Estela Raval con la intervención de “Los Payasitos”, “Las Valerias” y “Las Ravales”, está dotado de originalidad, respeto y solidez artística y la escenificación musical que se elabora respecto al HIV, estremece y “sacude” al espectador por su calidad interpretativa. Sin perjuicio de ello, la recreación de secuencias de viejas realizaciones (como “Smoke”, de los ex “Botton Tap”), están sabiamente montadas, no obstante que la producción integral de la obra, en sí, si bien está a la altura de las circunstancias, no es muy importante. El monólogo de Pachano introduce alternativas interesantes pero recurre a mordacidades supinas al “refrescar” viejas “rencillas” con otros exponentes del espectáculo, que, a mi juicio, podrían suprimirse, aunque debo admitir que el juego irónico está morigerado.
Sofía Pachano luce su gracia y su talento de bailarina, Maxi De la Cruz es un cómico sumamente dúctil y destacable que compone “gags” imperdibles y Alejandro Lavallen (responsable del diseño coreográfico general) es un bailarín extraordinario, al igual que Alejandro Melidoni. Por otra parte, Flavia Pereda y Lila Frascara, al par de bailar con precisión, se destacan en el canto y el repertorio elegido y Fernando Avalle, Damián Iglesias y Pablo Grande, como todo el resto del elenco cumplen con suficiencia los roles asignados. Por ende, ambos espectáculos gozan de prestigio y son altamente recomendables.
Fuente: Diario El Libertador

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