Hasta no hace muchos años, sin ninguna duda, el principal punto de encuentro, el gran acuerdo emocional de los argentinos, sin excepciones, pivoteaba sobre la figura de José de San Martín. Una construcción hecha a imagen y semejanza de la que la Generación del 80 acuñara partiendo de la magistral pluma de Mitre, difundida a outrance por aquella legendaria escuela primaria donde se educaron los hijos de los inmigrantes, y quienes de ellos descendemos. Una escuela que todavía no se ha percatado de que, quizás, ya no son tan necesarios los actos formales día tras día, ni esa historia “calendaria” que en las mentes infantiles mixtura el febrero de San Lorenzo con el octubre de Grand Bourg.
Ya en 1880, resulta conmovedor recrear cómo, en las mismas vísperas de aquel alzamiento contra las autoridades constituidas -que a la provincia de Buenos Aires le costó una ciudad, y a Corrientes perder una provincia-, forman codo a codo, para rendir homenaje al gran ausente que retorna, alineando sus fusiles y sus rifles, quienes han de matarse sin cuartel pocos días más tarde.
Así, el regreso del exiliado inmortal es una verdadera apoteosis. Incluso, me atrevería a decir que el valor consagratorio dado a todos los exilios entre nosotros, es una medalla cuyas caras, una la acuñaron nuestros antirrosistas, pero la otra pertenece por entero a San Martín. Y de esos antirrosistas, ¿qué duda cabe que los correntinos son quienes sacan mejor partido? Digo esto porque, de Pujol en adelante, son los grandes trabajos provinciales los que reviven a Yapeyú y enrolan a San Martín bajo nueva carta de ciudadanía. Lo hacen un correntino más. Cabral y San Lorenzo son las otras facies del ícono.
Pero sigamos adelante: Yo diría que la segunda carnadura de José de San Martín ve la luz en el año 1950. Allí, a influjo indudable de la mano del General Juan Domingo Perón, se construye el San Martín que mi generación aprendió a amar y reverenciar. Su imagen de aquel entonces es la que se ha consagrado hasta hoy. La que todos reconocemos como suya. Es por aquellos años también que, si mal no recuerdo, se logra repatriar los restos de sus padres desde España. Poco más de una década antes, se ha erigido el Templete en Yapeyú.
Previamente, si hubo polémica fue precisamente en torno a la autenticidad de las ruinas que custodia el Templete. Allí, como tantas veces entre nosotros, la erudición formuló su dictamen, mientras el sentimiento popular consagraba a la tradición. En otro plano más trascendente, menos material, la batalla, siempre entre emociones, la dieron quienes lo anhelaban católico ferviente y aquellos que lo sabían masón.
Ese San Martín de los 50 perdura mucho menos que su antecesor. Creo que ya en esos mismos años, cuando el entonces territorio nacional de Misiones lanza su gran ofensiva en pos de la provincialización, comienzan a arreciar los vientos de cambio que aspiran a reescribir su historia, que lo cuestionan todo: Desde el derecho a decirlo nativo de una u otra provincia, hasta tratar de enlazar su misma ascendencia con los indigenismos en boga. Desde los móviles de su gesta americana hasta su relación con los patriciados y las masas. Correntino o misionero (o nacido en lo que hoy es parte del Brasil), hidalgo o indio, paladín o espía, espada de una revolución burguesa o adelantado de los movimientos populares, en todos los casos hay un intento de apropiación. Podemos sentirlo diferente pero todos lo queremos. Todos lo seguimos sintiendo nuestro. No recuerdo una sola voz que se haya alzado para renegarlo.
Bienvenido entonces este nuevo aniversario de su natalicio. El 25 de febrero de… ¿? (la fecha también sigue estando en disputa), nació el más grande de los argentinos.
Vio la luz ese inmortal José de San Martín que, por pertenecernos a todos, no es de nadie.

Procesando... 




























Miércoles, 3 de Marzo de 2010 a las 12:56 am
Considero que el padre de la patria es un ejemplo de vida, no solo por el temple y la decisión con las que llevó a cabo la campaña libertadora de medio continente como rezara la famosa marcha, sino que realizó todas sus proezas sin segundas intenciones, sin intereses personales, y por sobre todo, que aun cuando llevó una vida de guerrero, supo plasmar en 12 máximas (extremadamente simples para la época, y para todas las épocas) la vida que él mismo llevó. Irreprochable.